lunes, julio 10, 2006

Siete razones para diez puntos


Este es el texto de la columna de este domingo de Carlos Peña en El Mercurio de Santiago de Chile. Resulta una muy buena explicación de lo compleja que es la aplicación del "gobierno ciudadano", entre otras cosas.


"¿Qué pudo pasar para que el gobierno de Bachelet disminuyera en diez puntos el apoyo que, hasta hace poco, exhibía en las encuestas?Aquí van dos o tres explicaciones.

La primera es que no ha gobernado del todo o, para ser justo, a veces da la impresión de que no lo ha hecho. La función principal de los gobiernos -no se necesita ser lector de Hobbes para saberlo- es producir orden. Un buen gobierno disminuye la contingencia, crea certidumbres, establece la línea invisible que divide lo lícito de lo ilícito. En una palabra, y hasta donde eso es posible en esta vida, un buen gobierno disipa las sombras del futuro.

Pero nada de eso ha hecho Michelle Bachelet. Por el contrario, a veces parece empeñarse en incrementar la incertidumbre. En formular más preguntas que respuestas. Es como si para ella todo fuera posible. Como si el futuro fuera un sueño sin orillas. Nada de eso le hace bien a la gente.

La segunda es que ha halagado más de la cuenta a la ciudadanía. Y se ha puesto detrás de ella en vez de hacer también el esfuerzo de ponerse por delante y guiarla. Ha olvidado, o parece haber olvidado, o algún consejero le ha hecho olvidar, que la ciudadanía es una abstracción tras la que se esconden personas muy disímiles, provistas de intereses distintos: grupos de presión, intereses de clase, pequeñas masas prejuiciosas. La ciudadanía, en suma, no existe. Michelle Bachelet debió haber leído alguna vez, en sus tiempos de militante, "La cuestión judía", donde Marx recuerda el peligro de esas abstracciones. Pero si no leyó a Marx o ya lo olvidó, debiera pedirles a algunos de sus ministros (hay varios que han sido formados en la más sofisticada economía neoclásica) que le expliquen las fallas del proceso político, y entenderá por qué acariciar con tanta desaprensión a la ciudadanía puede estropear el sistema político. Cuando se estimula sin más a la ciudadanía, ganan los que tienen menos costos de coalición, las minorías consistentes y los que vociferan más. No los que tienen mejores razones.

La tercera es que Michelle Bachelet ha confiado demasiado en su encanto y se dejó seducir muy rápido con la idea de que el suyo sería un gobierno con un liderazgo femenino. Pamplinas, permítame decirle. El encanto sirve -vaya que sirve- para competir y obtener el poder; pero una vez que el poder se alcanzó, ella será juzgada por los códigos finales de la política. Como dijo alguna vez Mitterrand a Wiesel: "Soy un político, y usted debe juzgarme por los resultados". Así será al cabo de cuatro años en el caso de Michelle Bachelet. La ciudadanía la juzgará por los resultados. Todo el resto -liderazgo acogedor y posmoderno y ese tipo de cosas leídas y dichas al pasar- es pura elaboración secundaria de las pulsiones básicas de la política que son desde siempre el poder y el bienestar.

La cuarta es que su gabinete se ha mostrado más bien débil. Permítame dar un par de ejemplos. El ministro del Interior es una persona digna y esforzada, no cabe ninguna duda. Pero ya viene de vuelta. No tiene ningún incentivo para andar insomne de lunes a viernes, para anticipar los conflictos, ponerse nervioso, enterarse de qué va la seguridad ciudadana y apurar las cosas. Ya ni siquiera debe leer con demasiada atención los informes de los técnicos, y en vez de eso prefiere usar metáforas dudosas como la de "sensación térmica" para aludir a la sensación de inseguridad. El ministro del Interior -un gran político, no cabe duda- no está para este oficio. La vida le ha enseñado un cierto escepticismo que es intelectualmente elegante, pero que para la administración del estado sirve de poco.

El ministro de Educación, por su parte, no parece ser Gómez Millas; pero ha tenido la mala suerte de bregar con un movimiento estudiantil que embobó y narcotizó el espíritu crítico a medio Chile, que de pronto vio en el movimiento de esos niños y adolescentes casi una experiencia milenarista. Ni que hubieran leído a Lacunza.

La quinta es que como suele ocurrir cuando uno se cambia de casa, el cambio de gobierno mostró algunos restos de basura que el anterior inquilino había escondido bajo la alfombra. Dos o tres obras que se inauguraron estando a medio hacer, concesiones de dos o tres cárceles atrasadas, y cosas así. Desgraciadamente en estos casos no cabe más que apretar los dientes y hacerse los lesos. Después de todo, el anterior inquilino era de la coalición.

La sexta es que alguien ha convencido a Michelle Bachelet de que los ritos son inútiles y la distancia crea desconfianza. Pamplinas de nuevo. Los ritos domestican las emociones y los afectos y crean una estructura que hace plausibles los viejos motivos de la acción colectiva: la idea de que existen tareas en común que nos fueron legadas y que nosotros legaremos a nuestros hijos. Por eso todas las sociedades tienen ritos. Porque todas las sociedades tienen miedos -la decrepitud, el sinsentido de la vida en común, la falta de cohesión-, todas son un poco neuróticas y necesitan dos o tres repeticiones cada cierto tiempo. Bachelet, en cambio, tiene la pulsión por la simpatía personal, por salirse del libreto y sorprender cada cierto tiempo con dos o tres chistes. Se ve bien comunicacionalmente; pero a nadie le gusta un Presidente encima de cuya cabeza no se sospeche siquiera el aura del poder.

La séptima es que ningún gobierno debe decir cosas que no pasen el test de la risa. Si usted dice algo y no puede evitar reírse al decirlo, no lo diga. Nadie le va a creer. El ministro Lagos Weber olvidó el test. Dijo que "el gobierno no se guía por encuestas". Cuando lo dijo, achinó los ojos, y cuando quedó solo, se rió tan desaforadamente como aparecía en la portada de una revista. Una foto que se sacó, claro, porque las encuestas no le importan nada."

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3 Comentarios:

Blogger cayun dijo...

Estimado Alexandro:
Excelente el análisis de Carlos Peña. La verdad es que Michelle tiene un programa y lo está llevando adelante. El problema es la “sensación térmica” (utilizando la frase de Zaldivar ) que rodea ese programa. Chile es un país que parece desarrollado, pero que tiene graves problemas de marginalidad, no sólo social sino que principalmente mental. La mentalidad del marginal- sea social o mental - tiene como único norte aprovecharse, agarrar, tomar, lo que sea. Y cuando hablo de marginales hablo desde el vago hasta el super empresario voraz que no tiene conciencia de país ni de nada. Cuando se elige un gobierno, en una democracia representativa, es para que ponga orden, conduzca y fije metas comunes y no para que se ponga al servicio de la gente vociferante. Cuando no se tiene claro eso, la ejecución de las políticas públicas se enreda y los ejecutivos pierden la seguridad para actuar. Un ejemplo de ello es lo que pasó con el Director de Serviu de una Región del Norte. La gente interesada, como muy bien tu lo sabes Alexandro, se agolpó pidiendo que los autorizaran para usar las casas que todavía no estaban terminada para guardar sus cosas. Levantó un acta de acuerdo y los autorizó, después la gente fue a dejar sus cosas y algunos se quedaron a cuidarlas. Todos sabemos como presiona la gente desesperada. Luego la misma gente llamó a la prensa y se desató el escándalo que terminó con el director en la calle. En esos pequeños detalles se nota la falla de conducción, por que cuando la labor de Gobierno está clara, el ejecutivo dice esto se hace así, porque es lo que corresponde, y la gente debe respetar la decisión de la autoridad por muy desesperada que esté. La gente entiende muy claramente los mensajes, cuando una autoridad le dice que ellos gobiernan, se lo toman en serio y creen de muy buena fé que la autoridad está para servirle de mozo, y si no se ajusta a esta función hay que cambiarla. Uno de los problemas para dar el salto al desarrollo son los servicios públicos, y ahí estamos en serias dificultades en lo que se refiere a personal. Hoy día todo se negocia y acuerda, y si no la autoridad está problemas y será mal evaluada. Y uno se pregunta qué exige la autoridad que puede causar tantos problemas: que la gente cumpla el horario, que desempeñe sus labores como corresponde, que se aplique, en fin cuestiones normales en cualquier trabajo.
Creo, que hay que avanzar en una mayor participación, pero esta tiene que ser ordenada de alguna forma de tal modo que permita alcanzar objetivos comunes de justicia, desarrollo y bienestar.
Probablemente nuestro Gobierno está pagando el noviciado y de a poco se irá asentando. Claro que esto traerá cambios ministeriales y algunos terremotos, pero finalmente las cosas tomarán su cauce; y en eso creo que todos debemos estar abiertos a colaborar. Hoy día la mejor forma de aportar es difundir trabajos críticos como el de Peña.
ARCA

10/7/06 11:15  
Blogger Atcharya dijo...

te linkeO chavalitO :)

14/7/06 13:06  
Blogger alexandro alvarez dijo...

Ok

14/7/06 13:21  

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