sábado, agosto 19, 2006

DÉJATE CAER

Hasta esa noche todo funcionaba tal como si hubiera un orden establecido. Era como una perfecta y precaria máquina de precisión. Perfecta porque nunca falló hasta esa noche y precaria porque, a fin de cuentas, falló, destrozando en un acto, esa armonía que (ahora lo saben) era sólo aparente.

Pablo salió como de costumbre a la universidad, pero la calle que desembocaba en Pedro de Valdivia era demasiado recta y esa mañana, la distancia que separaba el edificio en el que vivían con la avenida parecía demasiado larga. La mirada de la abuela estaba fija en él desde la ventana y Pablo la sentía. Apuró el paso hacia Pedro de Valdivia y tomó una micro.

No era posible hacer como si nada hubiera pasado. Tal vez en otras circunstancias y en otra familia, lo que pasó esa noche no significaría nada anormal, pero en esa casa y en esa familia fueron acontecimientos rotundos y Pablo no podía escapar de sus efectos. No podía dejar de pensar en ello en todo el viaje desde la salvadora esquina hasta la universidad.

Su vida no había sido dura, ni heroica, ni épica. Él sólo era un tipo de clase media que estudiaba leyes, no había mucho más que decir.

Pero esa mañana sintió un peso sobre él que desconocía, una culpa que lo oprimía contra el asiento de la micro. Era una pulsión que lo obligaba a optar entre hacer como si nada hubiera pasado o hacerle frente a las circunstancias. Pero no tenía alternativa: había, por decirlo así, abierto los ojos. Esa idea se le hacía insoportable.

Como no pudo seguir sentado, se paró y como no pudo seguir quieto, se bajó de la micro antes. El aire invernal de Santiago estaba excepcionalmente limpio debido a la lluvia que recién declinaba y Pablo también se sintió limpiado por esas gotitas. La sensación de que la solución que angustiosamente se busca ya no es necesaria y que el problema no es tal, que esa lluvia ha limpiado todo como por arte de magia, le permitió un efímero alivio basado en esa infantil mentira. Mentiras como esa, le habían servido para convencerse de que podía seguir durmiendo en las mañanas, mientras entre sueños, explicaba a la abuela que no habrían clases temprano. El peso desapareció por completo, la mirada de la abuela y la noche anterior.

Pero el instinto de escape indicó que ese estado en que de nuevo era el mismo Pablo de siempre, debía seguir así, y que si no hacía algo, el peso volvería. La mentirilla de la lluvia y de su poder para hacer desaparecer problemas, no aguantaría mucho tiempo. A fin de cuentas, ahora no se trataba de dormir un poco más y faltar a clases: era su vida lo que, por primera vez, estaba en sus manos. Llamó a Elisa.

Era instinto, no era una decisión racional planeada para mantener su escape, no tenía experiencia escapando de nada ni solucionando nada, mucho menos cuando las soluciones y los escapes posibles eran respecto de sí mismo. Era puro instinto lo que lo llevaba ahora hacia ella. En realidad siempre fue eso y Elisa era su sacerdotisa de la vida y también lo sería de la muerte. El instinto lo llevó a encontrar a esa mujer que había exorcizado antes su tristeza y su tedio, no de ese modo gravísimo que de inmediato se viene a la mente a la voz de exorcismo, sino instinto, el instinto de ella que la hacía quererlo, que lo desvestía varias veces a la semana y ante la cual él no podía ahuyentar el pudor de la primera vez.

Ella lo saludó como siempre, pero hoy en su mirada había algo que no era cotidiano. En realidad es posible que nunca haya tenido necesidad de una actitud más que cotidiana con Pablo, pero él no era el mismo de siempre esa mañana, ella sitió que era mucho más hombre hoy, pero que era mucho más vulnerable también. Lo abrazó y lo acarició como si fuera su niño.

Era habitual que, al encontrarse en el departamento de Elisa, sin siquiera preguntar cómo estaban, se besaran, se desvistieran a medias e hicieran el amor hasta el cansancio. Ella sabe que debe ser así para que Pablo no esté urdiendo una nerviosa estrategia para llevarla a la cama. Elisa no le ha dicho nunca que no la seduce esa actitud de galán barato, prefiere que sienta que hay algo en él que la obliga a tomarlo por asalto cada vez que entra a sus dominios. Así el premio mayor no será el coito, sino lo que viene después: hablar de las cosas menos importantes del mundo, como excusa para seguir juntos, mientras se miran, o más bien mientras Pablo mira a Elisa desnuda y ella a él mirándola. Eso sí le gusta: Pablo después del sexo, mirándola y tocándola, no como hace unos minutos, no para poseerla, sino para contemplarla con ese desapego que requiere la contemplación. Ella piensa que en esos momentos está la verdadera razón por la que se buscan: en este mundo que han hecho, no hay posesión, ni dependencia, ni objetivos. La verdad es que esa es sólo su razón; la de Pablo no puede saberla. Él vive más hacia la superficie de las cosas.

Pablo no pudo saber esa mañana si Elisa sabía lo que le pasaba, pero se dio cuenta de que lo trató de otro modo. Se sintió protegido y a salvo. Se refugió en su departamento todo el día. Pero debía volver a su casa. Debía volver en realidad a los dominios de la mirada de la abuela.

La mesa estaba menos prolijamente puesta hoy, tal vez porque no estaban, ni el abuelo ni Esteban. La ausencia de ellos se sentía desde la entrada: había un silencio al que Pablo no estaba acostumbrado. Era hora de noticias y el televisor no estaba encendido al volumen indicado para que el abuelo pudiera escuchar y para que los demás pudieran seguir escuchando cuando el abuelo empezara a opinar, como de costumbre. El plato de Pablo estaba en el lugar de siempre, pero la abuela comía sola en la zona de la mesa más lejana a la cocina, como si hoy, por primera vez no estuviera dispuesta a aceptar la ancestral injusticia de ser una mujer profesional que al volver de su trabajo, debe atender a los hombres de la casa.

Todo era demasiado pesado como para seguir viviendo sin enfrentarlo o sin escapar definitivamente.

De nuevo necesitó a Elisa y la llamó por teléfono, fue largo y reconfortante, pese a las regulares pasadas de la abuela frente a la puerta de su pieza, que dejaban entrar hasta él, por un momento cada vez, esos ojos que hoy estaban llenos de algo que Pablo no entendía pero que lo aterraba. Elisa resolvió todo en esa conversación. La verdad es que no dio consejos ni sermones, ella sólo escuchó y comentó. Estaba preparada para ese diálogo. Durante el día que habían pasado juntos supo que Pablo estaba al borde de algo, supo que tenía miedo y vio en sus ojos el abismo que tenía delante. La conversación de ahora sólo aclaró las cosas y llenó de sentido el abismo, no sólo para Elisa, sino para el mismo Pablo que ahora, por fin, después de una noche y un día que parecieron eternos, supo definitivamente lo que tenía que hacer.

Empezó a preparar la maleta de inmediato sin preocuparse de la mirada de la abuela que seguía pasando regularmente frente a su pieza, mirando por unos momentos lo que hacía. Ya no importaba más su mirada. De ahora en adelante, él sería el responsable de su vida y pagaría sólo los costos de sus errores.

En la mañana, se levantó más temprano que de costumbre y recordó la mañana en la que hizo lo mismo para escaparse de vacaciones con sus amigos sin enfrentar con los abuelos que tomaría vacaciones pese a los ramos que había reprobado en la universidad. En esa ocasión dejó un papelito contando dónde iba a estar y que no se preocuparan por él, que volvería pronto a estudiar para los exámenes de marzo. Ahora no dejaría ninguna explicación. Las explicaciones se las había dado él mismo y no se las aceptó. Hoy se levantó e hizo ruido, tomó desayuno con completa tranquilidad, se duchó largamente y se afeitó tarareando algo inentendible, pero que de seguro interrumpió el sueño de gata de la abuela.

Después del desayuno y de haberse lavado los dientes, se acercó a la cama de la abuela, dando por sentado que estaba despierta (pese a que ella cerraba los ojos) y la besó fuerte en la mejilla.
-adiós abuela
-adiós, respondió ella, con frialdad: él se iba y dejaba todo, por razones que la abuela nunca compartiría, estaba herida tal como un niño al que no complacieron con algo.

Pablo le acarició brevemente la cabeza y partió.

El tren ya estaba en el andén y Pablo corrió a comprar el pasaje. La sensación de estarse lanzando al abismo sin saber de modo preciso nada, era terrible y excitante. A esas alturas no podía hacer otra cosa sino dejarse caer. El frío de la mañana de junio hacía más patente todo: sus manos enrojecidas, su respiración como vapor desde la boca, el frío dentro cuando se abandona todo, el peso de su mochila, el peso de su decisión.

Tal vez la imagen más patente de esa mañana fría y rotunda, fueron las caras y las expresiones de la abuela y Elisa desde el andén. No se dio cuenta de que estaban allí sino hasta que el vagón empezó a moverse lentamente.

Elisa tenía una expresión que no había visto antes, estaba triste porque Pablo se iba. Tenía lágrimas en los ojos y con las manos cruzadas sólo dijo “chao”. No la había visto llorar antes y pensó que nunca la vería hacerlo. Ella que siempre fue capaz de explicar todo, ahora sólo lloraba sin más que esa sencilla despedida por palabra. La abuela estaba ahí, recia pero sin dureza. Estaba triste. Pablo sintió todo el poder de la vieja, ahora de su lado.

Se dio cuenta de su suerte cuando reparó en que no habría habido testigos de su único acto de amor, si no hubiera sido por esas dos mujeres que decidieron estar con él esa mañana.

Se puso los audífonos del walkman mientras el tren dejaba ya la estación. La música le recordó lo que había tarareado antes en el baño de la casa que dejaba: “déjate caer/déjate caer/la vida es imprecisa/déjate caer”.

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1 Comentarios:

Blogger Atcharya dijo...

Echando a un lado los miedos, Pablo, decidió enfrentar el mundo, su vida...
Y desde su analítica mirada, vio emerger el amor desde el hosco corazón de la abuela. Y Elisa, la siempre compuesta y controlada mujer solía robar sus sueños, al fin lloraba, quebrantando así, la percepción de Pablo... Ya todo, en esos escasos segundos, había tomado otro matiz..
Y fue el vagón de aquel tren quien esa fría mañana de junio, registraría, anclado en la memoria de los tres, el momento clave que daría a Pablo la certeza de que sí es querido... y que todo en este mundo, es relativo...

NOSTÁLGICO, ALECCIONADOR Y SENSIBLE POST AMIGO. Un agrado ha sido leerte :)

Shi..

23/8/06 23:31  

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